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Spagnolo – Flores

Verses of Francesca da Rimini translated into Spanish by the Mexican poet Manuel María Flores Inferno, Canto V, 97-138


Verses of Francesca da Rimini translated into Spanish by the Mexican poet Manuel María Flores
Inferno, Canto V, 97-138

Manuel María Flores (Puebla 1840 – Mexico City 1885), Mexican writer and politician of the Liberal party, was one of the greatest poets of Mexican Romanticism.  He translated into Spanish the episode of Francesca da Rimini and even wrote some poems in which some reminiscences of Dante can be found.  He was part of the same group of Mexican writers and poets to which Manuel Acuña  and Ignacio Manuel Altamirano belonged.

La tierra en donde vi la luz primera
es vecina del golfo en que suspende
el Po, ya fatigado, su carrera.
Amor, que sin sentir el alma prende,
A éste prendó del don, que arrebatado
Me fue de modo que aun aquí me ofende.
Amor, que obliga a amar al que es amado,
Juntónos a los dos con red tan fuerte
Que para siempre ya nos ha ligado.
Amor hiriónos con terrible suerte;
Y está Caín de entonces esperando
Aquí al perverso que nos dio la muerte.
Palabras tan dolientes escuchando
Incliné sobre el pecho la cabeza,
-¿en qué – dijo el Poeta- estás pensando?-
Y respondí, movido de tristeza
-¡Ay de mí! ¡Cuánto bello pensamiento,
Cuánto sueño de amor y de terneza
Los condujeron al fatal momento! –
Y vuelto a ellos -¡Oh, Francesca! – dije -,
Al corazón me llega tu lamento;
Y de tal modo tu dolor me aflige,
Que las lágrimas bañan mi semblante.
Pero tu triste voz a mí dirige,
Y dime de qué modo, en cuál instante,
Cuando tan dulcemente suspirábais,
Y en el fondo del alma, vacilante,
Tímido aún vuestro deseo guardábais.
¿Dime de qué manera inesperada
os reveló el Amor que os adorábais? –
Ella me respondió: – ¡Desventurada!
¡No hay pena más aguda, más impía,
Que recordar la dicha ya pasada
En medio de la bárbara agonía
De un presente dolor! . . . Y esa tortura
La conoce muy bien el que te guía.
Mas ya que tu piedad saber procura
El cómo aquel amor rasgó su velo,
Llorando te diré mi desventura.
Leíamos con quietud y grato anhelo
De Lancelote el libro cierto día,
Solos los dos y sin ningún recelo.
Leíamos . . . y en tanto sucedía
Que dulces las miradas se encontraban
Y el color del rostro se perdía.
Un solo punto nos venció. Pintaban
Cómo, de la ventura en el exceso,
En los labios amados apagaban
Los labios del amante, con un beso,
La dulce risa que a gozar provoca.
Y entonces éste, que a mi lado preso
Para siempre estará, con ansia loca
Hizo en su frenesí lo que leía . . .
Temblando de pasión besó mi boca . . .
Y no leímos más en aquel día.

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Giuliano

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